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EL SILENCIO EMERGENTE por Leonardo Montecchi


                                                                                   










Qué temer de lo que es múltiple


Si con un hilo haces cien nudos,


el hilo es siempre un hilo



Gialal al-Din Rumi





Pensemos un comienzo: personas que llegan, colocan las sillas en círculo, uno que se acerca a la ventana, la abre, y dice: “ventilemos un poco”, otro que le dice: “cierra, que tengo frio”.


Hay quien saluda y hay quien no mira a la cara a ninguno. Uno desenvuelve un caramelo y se lo mete en la boca, y otra suspira y mira el reloj. Se sientan, uno dice: “la tarea del grupo es...”.


Esta proposición funciona como la señal de inicio del director de una orquesta: la fase de afinación de los instrumentos ha terminado. Ahora se comienza.


Y aquí aparece el silencio.






En aquel silencio emergen, en cada uno de los participantes, unos pensamientos que no encuentran el camino para transformarse en palabras.


“yo no empiezo esta vez, basta, espero que lo haga otro...”, “querría decir algo pero mis cosas no interesan a nadie”, “me da vergüenza hablar ¿y si después me pongo colorado?”, “¿qué estamos haciendo aquí? Mejor me habría ido al mercado”, pasa el tiempo y ninguno habla ¿qué habrá sucedido?.


“Qué angustia, no soporto más este silencio... que hable alguno, por favor...”


“¿Por qué él no habla? ¿Qué está esperando?”


Y así sucesivamente, en aquel silencio hay un rumor implícito que espera el momento de explicitarse.


Los diversos personajes de los grupos internos de los integrantes animan la escena latente del grupo externo, se abre un espacio imaginario que está delimitado por el silencio.


Aquel silencio que circunscribe a las personas que están aquí y ahora conmigo, define la existencia de un grupo, de este grupo. El silencio discrimina el tiempo entre un “antes de que el grupo comience” y “el inicio”, en efecto, puede suceder que se abra la puerta y alguien llegue y diga “¿ya ha empezado el grupo?”. El silencio se presenta como un inductor de la grupalidad.


En el momento del silencio el estado de conciencia de cada uno empieza a disociarse, aparecen trozos de recuerdos de grupos precedentes, los objetos colocados en el espacio, los ruidos externos, pequeños detalles como una prenda de uno de los integrantes, los cabellos de otro, el color de las uñas, los zapatos y los calcetines, emergen poco a poco como de la niebla y definen el espacio imaginario ligado a la existencia de aquel grupo. El silencio emerge como el umbral entre un adentro y un afuera y circunscribe un espacio íntimo en el que aparecen las huellas de acontecimientos ocurridos en un tiempo anterior. Es de notar que las huellas aparecen solamente cuando se ha instituido la intimidad, y al mismo tiempo la intimidad se constituye si aparecen las huellas.






Sobre todo esto domina el silencio entendido como ausencia de palabra, pero como se ve, la ausencia de palabra no significa ausencia de comunicación.


Por el contrario, este silencio nos muestra cómo la palabra, el diálogo, la interlocución, es un caso particular de la comunicación.


El silencio en este caso evidencia que el grupo operativo es el contenido de un contenedor, y este contenedor es lo que Bleger llama un no proceso.






Ciertamente, hay grupos que no comienzan con un silencio, sino que continúan indiscriminadamente su conversación desde la plaza o el bar, no advierten una discontinuidad, lo que era antes soy después, más bien no hay siquiera un antes y un después. En este caso la diferencia está marcada por el silencio del coordinador, que instituye una asimetría en el grupo. “¿Por qué no habla?” “¿pero quién se cree que es? ¿Por qué no nos explica nada?”.






De nuevo es el silencio el que nos permite entender que la situación no es una situación habitual (cotidiana), “imagínate cuántos encuentros de grupo he hecho, este es como aquéllos...”. Pero no. El silencio emerge como el vacío, un vacío que evoca a la nada, una nada, sin embargo, que hace emerger la existencia del grupo, su existencia concreta.


Este pasaje funciona como el espacio vacío del que habla Peter Brook a propósito del espacio del teatro, es necesario crear un espacio vacío para que se pueda poner un drama en escena.


Y así también para que pueda emerger la grupalidad es necesario que se instituyan unas variables independientes, que Bleger llama constantes, en su artículo sobre psicoanálisis del encuadre psicoanalítico.


Estas variables independientes son silenciosas, constituyen los elementos del encuadre o setting. Son la parte instituida de la institución grupal.


El instituido en este caso es silencioso, pero el silencio no significa la no existencia, al contrario.


Hace tiempo, en la discusión de un (esquema) experimental mi profesor de farmacología me dijo: “recordad que el cero es un número”. Así, el silencio no es nada, es algo. En este sentido es clarísimo el ejemplo que da Bleger. Una mamá está en la cocina preparando la comida, un niño está en otro cuarto y juega, no hay ninguna conversación entre ellos. Hay silencio. Podemos escuchar los ruidos de la cocina, algún otro ruido amortiguado que viene de fuera. En un determinado momento la mamá se da cuenta de que le falta un ingrediente, abre la puerta y sale. El niño siente la puerta que se abre, imagina a la mamá que sale y se pone a llorar. Una escena silenciosa que hace emerger el “contenedor mudo” que sirve de fondo al vínculo entre la mamá y el niño, es este contenedor mudo el que permite a los participantes de un grupo operativo disociarse de la vida cotidiana para entrar en la grupalidad.


Hablamos de variables independientes porque si el espacio y el tiempo fuesen dependientes del proceso grupal podrían producirse situaciones de este tipo: “hoy nos vemos en el parque; no, a mí me apetece más en el bar de aquí...” O bien “hoy no hay más nada que decir, terminemos aquí, nos vemos el próximo día...”


Así, el “contenedor mudo” no podría constituirse como discriminación entre un dentro y un fuera, no se produce la intimidad necesaria para que emerja la imaginación grupal de aquél grupo específico.


El contenedor mudo, el encuadre, el setting son las condiciones por las cuales se constituye un proceso grupal. El contenedor se corresponde con aquel aparato para pensar los pensamientos del que hablaba Bion, y si su construcción es defectuosa los pensamientos no pueden ser pensados y permanecen como emociones que no se transforman en conceptos.


El espacio y el tiempo son dos elementos de este trasfondo institucional, pero también están los roles y las funciones.


También aquí el silencio marca el rol del coordinador, y más aún, el del observador. Los otros roles del drama grupal son el informante, el líder del progreso, el líder saboteador y el chivo expiatorio.


Son seis personajes, como el padre, la madre, la hijastra, la niña, el joven y el hijo del drama de Pirandello, y buscan un autor de sus historias.


Y aquí entra en juego otro elemento silencioso, el autor del grupo: la tarea.


En el clásico artículo de 1964, de Pichon-Rivière y Armando Bauleo “La noción de tarea en psiquiatría”, se analiza este elemento que funda el grupo. Es este concepto abstracto el que convoca a los integrantes que, en la medida en que logren superar los obstáculos afectivos y cognitivos, transitarán desde una fase de pre-tarea a la de tarea, y, quizá, a la de proyecto, en un continuo avance y retroceso, sin que se logren nunca etapas definitivas.


Este trabajo mostrará cómo la tarea es, en último análisis, la construcción y la proyección de la propia vida como una novela de la que somos los autores, como decía Massimo Bofantini en un reciente seminario.


Por tanto, el silencio marca los elementos del setting grupal, es la institución muda que permite que se desarrolle un proceso grupal.


Ya he descrito el silencio del coordinador, pero quiero volver sobre este tema porque frecuentemente se confunde al coordinador con el dueño del grupo. Con frecuencia escucho “el grupo de fulanito”, como si aquél grupo fuese de su propiedad. Esta confusión es también generada por la idea de que el discurso del coordinador es el discurso del amo, como lo llama Lacan, el coordinador no dirige, no es el líder del grupo, no es el dueño de la palabra y de los significados, pero sobre todo la comunicación y los múltiples vínculos que constituyen el grupo como sujeto colectivo, no son exclusivamente lenguaje verbal, discurso, logos. El inconsciente si está estructurado como un lenguaje no es sólo verbal. El discurso, el logos, no es el centro del vínculo, es importante salir de este logo-centrismo, como lo definía Derrida.


En efecto, el coordinador calla, está en silencio, este callar connota su rol.


En la primavera pasada los estudiantes del cuarto año de la Escuela han experimentado la coordinación de un grupo de investigación del laboratorio de la Escuela. Después de una supervisión con un docente de la Escuela han llevado los emergentes de esta experiencia a la reunión plenaria de los investigadores.


Los emergentes de una experiencia se caracterizan por el silencio del coordinador. Como es sabido, Freud, al inicio del psicoanálisis se ocupó de las afasias, y discriminó afasias histéricas: “a las parálisis de los miembros se añade la afasia histérica, o mejor, el mutismo histérico, que consiste en la incapacidad de emitir cualquier sonido articulado...” Freud. Histeria. 1888.


Pero en este caso la afasia señalaba al grupo la existencia del setting, marcaba la diferencia con un encuentro ordinario, sin coordinador, y el coordinador, con su silencio, evidenciaba la precariedad del setting, y por tanto la dificultad de pensar los pensamientos de aquel grupo.






El silencio no es solo el emergente inicial de un grupo. Puede manifestarse después de una discusión, de un intercambio particularmente encarnizado, en un determinado momento un integrante hace una afirmación del tipo: “... y así me he ido como todos los demás días...”. Luego se interrumpe y no habla. En este momento cae un silencio inesperado. Cada uno piensa por su lado, se miran a los ojos pero ven otra escena, se dejan ir a la deriva, vagan protegidos por el setting que funciona como una alfombra voladora por la que son llevados de viaje, o como una balsa que los está salvando del naufragio. El silencio es agradable, no hay angustia, han aprendido a dejarse ir, no temen la irrupción de alguien desde el exterior que los reclame a sus deberes. La disociación de la vida cotidiana está en acto. La ilusión grupal de la que habla Anzieu se manifiesta en toda su potencia. Las variables independientes funcionan como la piel del grupo, el interno está perfectamente discriminado de lo externo.


Este silencio señala un sentido de pertenencia del grupo, pero es evidentemente una resistencia a la tarea, la pertinencia se reduce y la ilusión de que la tarea se pueda afrontar mágicamente, sin esfuerzo, se difunde entre los presentes.


Alguno, sin embargo, interrumpe la magia, no siempre es una palabra o una proposición, puede no ser un enunciado, puede ser un acontecimiento el que se presenta como intérprete de la situación. La llamada de un teléfono móvil que no había sido apagado, la apertura de una ventana por un golpe de viento, el repicar de un campanario funcionan como un despertar de la ilusión silenciosa.


Alguien dice: “nos están buscando...”. Retorna prepotentemente el afuera como amenazante, como presión sobre la ilusión grupal, como llamada al orden.


¿De qué estábamos hablando?” y tratan fatigosamente de retornar a la situación que precedía al silencio. “Tú decías esto y él te ha respondido aquello...”. Así aparece el ángel exterminador tomado por Buñuel en la película homónima.


Se reconstruye minuciosamente la situación precedente, sin lograr salir de allí. Alguno recuerda el motivo por el que allí están. “No sé qué estáis haciendo vosotros, pero yo he intentado hacer lo que hemos dicho...”. De nuevo vuelven los interrogantes, las presiones internas, la rabia y la conmoción, los diálogos se dirigen más concretamente sobre la tarea. Se sienten desilusionados, pero saben que algo pueden hacer.


Así continúan y después, cuando el grupo termina, los integrantes se van cada uno por su lado. El grupo desaparece para después reaparecer en la sesión siguiente. Entre una sesión y la otra está el silencio, que es el silencio de no existir, o mejor, del existir en otra dimensión. El grupo se fractura en las singularidades que lo componen, pero no se extingue, volverá a manifestarse tal día, a tal hora, en tal lugar, hasta que termine, pero luego surgirán otros grupos que retomarán la tarea de construir su propia existencia.






Hablo en el coche con mi amigo Massimo. Vamos a Conegliano Veneto, a encontrarnos con Armando, que está muy mal. Massimo me dice que cuando se apague la voz, también la voz que sientes dentro de ti, en el silencio, al poco tiempo no se siente más. Se siente un vacío atravesado por el viento, y en aquel vacío, en aquel gran vacío cada uno de nosotros intenta confabular, como he tratado de hacer hoy, para hacer emerger unas voces en el silencio profundo.














Bibliografia


>Armando Bauleo. Psicoanalisi e gruppalita'. Borsa


>Jose' Bleger Simbiosi e ambiguità. Ed. lauretana


>Jose' Bleger. Psicoigene e psicologia istituzionale. Ed Lauretana


>Sigmund Freud. Opere. Boringhieri


>Peter Brook. Lo spazio vuoto. Bulzoni Editore


>Pichon-Rivière. Il processo gruppale. Lauretana






Filmografia


Luis Bunuel. L'angelo sterminatore